
- Exhausta y aún no llegó el invierno - confesó la princesa.
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El poder se relamió de gusto ante tanta indefensión. Y siguió gobernando el irraciocinio en el pequeño reino imaginario de los guisantes.
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Cambiarían las tornas, sí. Pero intuían los agoreros que no antes de la llegada de, al menos, doce lunas más.
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